Evangelio joven: «Amad a vuestros enemigos» (23-feb)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

(Mt 5,38-48). Domingo VII de tiempo ordinario.
Dos mil años después, hablar de «amar a los enemigos» sigue descolocándonos. Amar al enemigo significa mirarle diFErente: mirar a la persona como lo haría el Señor… y no ver solo sus ideas, sus quejas, sus enfados.

El evangelio de hoy tiene unos dos mil años pero… sigue sorprendiéndonos. Volvemos a escuchar el imperativo de “amad a vuestros enemigos” y sigue rechinando nuestra sensibilidad.

Creo que para que lo entendiesen, San Pablo se lo dijo a los romanos de otro modo: “al mal solo se vence con el bien” (Rom 12,21)

A los que no nos gustan los conflictos y deseamos no tener enemigos, nos molesta especialmente: ¿por qué tengo que tener enemigos? Prefiero no tenerlos y así me ahorro lo de rezar por ellos, poner la otra mejilla y mucho menos quererlos…

Así es más sencillo todo.

Pero no. A veces tomamos decisiones que alejan a personas, incluso haciéndolo con la mejor intención posible, un día llega una situación que te pone en frente a personas que no piensan, sienten, ni desean, como tú lo haces. Y algunas de ellas pueden incluso hacerte daño (muchas veces por que no desean mirar desde donde tú miras).

Amar al enemigo significa mirarle diFErente. O dicho de otro modo: que cuando se encuentre contigo, vea en tu mirada y en tus gestos que te importa él o ella más que sus ideas, sus afirmaciones o sus quejas.

Es verdad que este “negocio” de amar al enemigo no suele ser muy ventajoso para uno, pues sueles quedar por debajo, te ridiculizan, y no muchas veces te entenderán… pero sabrán una cosa en su interior… que mientras en su corazón había resentimientos o durezas… en el mío hallaron una mirada nueva.

No te canses, que no te convenzan: eres capaz de responder al mal con el bien. O dicho de otro modo: sigue amando. Incluso al enemigo.

¡A por ello!

Pedro Gordillo sscc

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