Evangelio joven: «Ama a Dios, ama a tu hermano» (25-oct)

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba:
«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».
Él le dijo:
«“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”.
Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas».

(Mt 22,34-40) Domingo 30º de tiempo ordinario.
Solo el amor es importante. Nos gusta escuchar estas palabras. Solo el amor salva y, si aprendemos a amar bien a Dios y a nuestro prójimo, habremos alcanzado lo principal.

Nos gusta escuchar estas palabras de Jesús. Están entre lo más atractivo de su evangelio. Porque en lo profundo de toda persona late el deseo de amar y ser amada.

Cuando Jesús dice que el principal mandamiento es amar a Dios con todo el corazón y que, después de eso, lo más importante es amar al prójimo como a uno mismo, no está inventándose nada. El primer mandamiento (Dt 6, 5) lo repetían los judíos cada día al amanecer y al anochecer. Jesús lo había aprendido de sus mayores y lo pronunciaría a diario. El segundo podemos encontrarlo en el Levítico (19, 18), entre otras muchas normas de un código escrito el siglo sexto antes de Cristo.

Lo novedoso de Jesús es que hace inseparables estos dos mandamientos que estaban dispersos entre las páginas del Antiguo Testamento. Le han preguntado por el mandamiento principal y responde sin dudar, pero inmediatamente habla también del segundo, por el que no le han preguntado, y dice que es semejante al primero.

A veces pensamos que una cosa es amar a Dios y otra amar a los demás, que se puede amar bien a Dios sin amar al prójimo o viceversa, pero para Jesús no es así. Su vida nos muestra que amó a Dios con todo su ser y buscaba al Padre para cumplir su voluntad y recibir su aliento. Asimismo, amó hasta el extremo de darse por entero a los demás.

Solo el amor salva y, si aprendemos a amar bien a Dios y a nuestro prójimo, habremos obtenido lo más importante.

Aurelio Cayón, sscc

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