Evangelio joven: «Al desierto para ser tentado» (1-mar)

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre.
El tentador se le acercó y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes».
Pero él le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”».
Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”».
Jesús le dijo:
«También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los
reinos del mundo y su gloria, y le dijo:
«Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
Entonces le dijo Jesús:
«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.

(Mt 4,1-11) Domingo I de Cuaresma.

Comenzamos un tiempo en el que estamos invitados a pararnos y revisar nuestra vida. Nuestras prioridades, nuestras necesidades, nuestras estructuras… Se nos invita a revisar todos los aspectos que configuran nuestra persona, y una vez revisados, cambiar aquellos que no nos ayuden a estar cada día un poquito más cerca de Jesús.

El evangelio de esta primera semana de Cuaresma nos es de gran ayuda para hacer este ejercicio de revisión personal. Vamos a leer uno de los momentos en los que Jesús es tentado por el diablo. En nuestro día a día somos tentados constantemente, por los demás, pero sobre todo por nosotros mismos. “Venga, cinco minutitos más y me levanto”, “Solo un trocito más de chocolate”, “Esta pregunta no me la estudio, no va a caer en el examen”.

Vida en medio del desierto, confianza en Dios en medio de la tentación: así es Jesús para nosotros al comienzo de esta Cuaresma.

Si miramos el pasaje anterior en el propio evangelio de Mateo, vemos que se nos presenta la escena del bautismo, momento en el que el Espíritu de Dios desciende sobre Jesús. Pues precisamente es ese espíritu el que conduce a Jesús al desierto para ser tentado, y para demostrarnos que significa eso de ser el “Hijo Amado” (Frase que salía de los cielos en el bautismo (Mt 3, 17)). Son tres las tentaciones que sufre Jesús. Las dos primeras tienen relación directa con ser Hijo de Dios (“Si eres el Hijo de Dios”), y la tercera se centra más en la cuestión del poder.

Jesús pasó hambre en el desierto, después de cuarenta días y cuarenta noches. Por lo que el diablo lo tienta con la comida. La respuesta de Jesús ante la tentación va dirigida hacia las actitudes que el Hijo de Dios debe tener. Dos actitudes como la obediencia y la confianza. Fue el Espíritu el que lo mandó al desierto a ser tentado, y Jesús obedece y confía. Jesús entiende que, en ese momento de necesidad, también está Dios presente a su lado. En nuestra vida nos preguntamos dónde está Dios en los momentos de sufrimiento o necesidad… Jesús lo tuvo bien claro: a su lado. Entendía que Dios estaba también presente en ese momento, como también lo estaría mas adelante en la cruz. Jesús nos muestra que Dios está viviendo entre las dificultades del hombre, convive con el hombre en los momentos más difíciles, no se aparta o se retira.

Una vez “superada” la primera tentación, el diablo sube a Jesús a lo alto del alero del Templo y le pide un signo de fe: “Tírate abajo, que vendrán los ángeles y te llevarán para que tu pie no tropiece”. No será la única vez que a Jesús se le pida un signo de fe. Los judíos esperaban a un mesías que fuera espectacular. Un mesías que fuera un rey poderoso, con fuerza como para salvar al pueblo de los opresores, un mesías que no tropezara su pie con la piedra. Pero no, no son esa clase de signos los que Jesús realiza a lo largo de su vida. El mayor signo que Jesús realiza para demostrarnos que es el Mesías, es el que ocurrirá dentro de cuatro semanas: su muerte en la cruz. Una cruz como signo del amor compasivo de Dios al entregar a su hijo, el cual sufrió por amor para salvarnos a nosotros. No, Jesús no es el Mesías de los espectáculos.

Por último, encontramos la tercera tentación. Las otras dos se centraban en la idea de Jesús como Hijo de Dios; ahora la tentación cambia. El tentador lo lleva a un monte muy alto, desde donde se veían todos los reinos del mundo, e intenta hacer que Jesús se postre ante él. Si antes intentaba hacerle dudar de su identidad, ahora intenta cambiarla. El diablo va a buscar que Jesús ponga su confianza en los medios (reinos y el poder) para que demuestre que es el verdadero Señor del mundo. Qué atrevida es la ingenuidad, pobre diablo. Jesús nos demuestra y nos enseña que los medios no son lo importante, pues recordemos que entró en Jerusalén de una manera humilde, y mas humilde aún fue su muerte.

En conclusión, el camino que sigue Jesús en esta escena es el mismo camino que debemos seguir nosotros.

Tres son los puntos clave que nos pide Jesús que revisemos:

1.- ¿Cómo es mi confianza en Dios?

2.- ¿Necesito signos que aseguren y refuercen mi fe?

3.- ¿Qué son más importantes en mi vida, los fines o los medios?

Que seamos capaces de aprovechar estas cuatro semanas para poder pararnos, revisar nuestra vida y dejar que el Señor nos hable en lo más intimo de nuestro corazón. ¡Buena Cuaresma a todos!

Ignacio Cervera Mira, sscc

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