«En marcha hacia algún Horeb» (Crónica Pascua 2018)

Seis años hacía que no pisaba la casa de Jerez, desde mi convivencia de Discipulado. Sabía que habría muchas cosas nuevas (no había visto los maravillosos baños ni la capilla grande), pero también sabía que volvía a terreno sagrado, con la misma capillita de siempre, los mismos jardines, la misma sopa para cenar, la misma sensación de estar en casa y la misma paz que tanto anhelaba en mi día a día arrollador.

Me habían hablado mucho sobre la Pascua de Jerez, quizás demasiado. Me habían insistido en lo especial que era, que cambiaba la vida, que trastocaba… Pero ninguno de estos comentarios fueron los que me embarcaron en un tren a Cádiz. ¿Qué fue, entonces? Supongo que una casualidad… O una diosidad, como diría mi compi del coro Reyes, quien de la Pascua de Jerez simplemente me dijo: “Te va a encantar. Es preciosa. Disfrútala.” Y fue así, sencillamente, sin grandes revelaciones ni revoluciones ni vueltas de cabeza… Unos días especiales y preciosos.

En este momento, con música de la Pascua de fondo, me doy cuenta de que podría escribir varias páginas sobre la Pascua de Jerez, sobre todo lo que tengo en el corazón y todavía no he soltado. Podría intentar describir el renovado sentido que le encuentro a la Eucaristía, o hablar sobre lo importante que es para mí el Viernes Santo, y contaros que en esa foto no estaba tocando sólo la Cruz de Cristo, sino muchas otras cruces de mi vida y de la vida de mis seres queridos… Podría deciros que el Viernes Santo me recuerda a mi abuelo, y que el Domingo de Resurrección me recuerda a mi madre y a mi padre, que me han criado, sufrido y esperado.

Podría confesaros que me he dado cuenta de que nunca he vivido el Sábado Santo como lo que es. Estoy tan acostumbrada a experimentar un Dios Vivo, que camina a mi lado, que trabaja conmigo codo con codo, que me cuesta una barbaridad entender que un día al año Cristo muere. ¡Muere! ¿Y qué pasa si no resucita? ¿Cómo sería yo sin Jesús resucitado? Probablemente no sería la misma. Entonces, ¿por qué no ahondar más en lo que es la muerte en la cruz, para entendernos mejor como cristianos?

Así, he comprendido que tengo que cuidar más a Dios. Y no, aquí no vale ponerse como objetivo en el proyecto personal “cuidar la oración” y pasar el objetivo de año en año sin que haya cambios… Significa verdaderamente estar pendiente. Igual que nos planteamos pasar una semana en verano con nuestros amigos o nos proponemos comer en familia tal día a la semana, debemos cuidar nuestra relación con Dios, a través de la Eucaristía como pilar comunitario, y de forma individual. Dios nos pide atención. Y no hay mejor forma de ESTAR con Él que vivir la Pascua de forma intensa y profunda, ya sea en Jerez o en nuestras parroquias.

Antes de concluir, me gustaría dar las gracias a todas las personas que vivieron conmigo esos días, los más importantes del año para un cristiano… Paco, Elena, Carla, Diana, Laura, Luis, Gonzalo, Irene, Pablo, Natalia, Elvira, Javi, Gloria, Alberto y Pablo. Me dijeron que la Pascua de Jerez es muy introspectiva y no se hace grupo… Pero yo sentí que no podía estar mejor rodeada. Gracias por compartir, por las risas, las lágrimas, los cantos, los silencios, las miradas cómplices…

Ahora toca guardar las fuerzas y la paz que hemos conseguido en estos días, seguir construyendo Reino y caminar hacia nuestro Horeb:

«Y volviendo el ángel del Señor la segunda vez, lo tocó, diciendo: “Levántate y come, porque largo camino te resta”. Se levantó, pues, y comió y bebió; y fortalecido con aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta Horeb, el monte de Dios.»  (1 Re 19, 7-8)

Belén Fernández (Parroquia de San Víctor)

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