El descendimiento de la cruz

Es una obra de Roger van der Weyden, pintor flamenco del siglo XV, nacido en Tournay en torno a 1400 y muerto en Bruselas en 1464, considerado como uno de los grandes representantes de los llamados “Primitivos flamencos”.

Es una obra fundamental en su producción, de un gran virtuosismo técnico, que alcanza aquí un máximo nivel en la representación de las telas y en la matización de las carnaciones. Esto último se puede apreciar en detalles como la distinción entre la palidez “mortal” de Cristo y la palidez “desvanecida” de la Virgen o en el enrojecimiento del rostro de María Magdalena producido por el llanto.

El pintor se distinguió por los temas patéticos en los que los personajes se agitan doloridos, con los rostros enrojecidos y las manos crispadas, centrándose en ellos todo el interés. Prescinde para ello de un fondo de paisaje, que aquí está sustituido por un fondo liso dorado y trata de acentuar el contenido humano y sentimental de las escenas religiosas, dando a los rostros y gestos de las figuras una intensidad expresiva no alcanzada hasta entonces y consiguiendo provocar una fuerte emoción en el espectador.

Apreciamos en esta composición su gran capacidad para captar el dolor y el sufrimiento, creando una atmósfera de enorme dramatismo y expresando magistralmente las diversas categorías del dolor humano en los rostros: el llanto, la pena, la tristeza, la angustia, la desesperación; un dolor contenido, un dolor vivo, físico, espiritual, en suma, dolor. Ha habido muchos pintores que han sabido reflejar este sentimiento, es cierto, pero creo, sin duda, que el maestro flamenco es uno de sus mejores intérpretes.

Y hablamos de dolor, sí, de dolor extremo de unas personas que no pueden aguantar más el terrible espectáculo que contemplan, el de un hombre inocente—Jesús—que ha sido castigado de la manera más cruel para salvar a toda la humanidad. ¡Cuánto dolor también a nuestro alrededor! ¡cuántas muertes trágicas, inocentes que afectan siempre a los más desvalidos, niños, ancianos, mujeres! Y si no mueren, ¡cuánto dolor acumulado!, niños abandonados a su suerte, obligados a una orfandad que les priva de todo calor humano; mujeres, madres, que gritan, desgarradas, cuándo les arrebatan lo más intimo de su ser; ancianos que contemplan cómo todo su mundo se desmorona. ¡Qué soledad tan terrible!, absolutamente insoportable, intolerable y todos los “ables” que queramos poner.

Estamos en Semana Santa. Contemplemos este hecho universal de Cristo muerto y resucitado y gritemos con todas nuestras fuerzas: ¡Jesús, ven de nuevo a salvarnos, porque te necesitamos más que nunca! ¡Libéranos del dolor, que tanto nos abruma! ¡Haz que cambien nuestras conciencias y nuestras conductas ante tanta desigualdad e injusticia! ¡Que todos podamos vivir en un mundo regido y amparado por tu sabiduría!

Félix Marcos. Colegio Sagrados Corazones – Martín de los Heros (Madrid)

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