DeSSCCúbrenos: Ser adoradores (Alberto Para ss.cc.)

 

 

 

 

 

 

 

 

DeSSCCúbrenos: Ser adoradores

 

Alberto Para, ss.cc.

 

 

En estas líneas pretendo transmitir algo más que algunas pinceladas sobre la adoración, que es la oración preferida de la familia de los Sagrados Corazones. Hoy se trata de dar un paso más: Ser adoradores significa tener una determinada forma de vida anclada en Jesús a través de la eucaristía.

 

La adoración es uno de los momentos más especiales que puede vivir alguien que quiera encarnar la espiritualidad de los SS.CC. Este momento, además, puede volverse cotidiano porque los religiosos y religiosas, y quien se quiera sumar, estamos invitados a adorar cada día al Cuerpo de Cristo, al pan que era «fruto de la tierra y del trabajo del hombre».

 

Vayamos a lo práctico: adorar es rezar ante el Cuerpo de Cristo. No importa si se sigue una estructura de oración determinada, si se ambienta con música de un tipo o de otra, si se decora con una tela mozambiqueña o boliviana, si se ilumina con la Palabra de Dios… Todo ayuda, claro está, pero lo determinante es que este tipo de oración se realice ante Jesús presente en forma de pan consagrado en la eucaristía, aunque esté en el interior del sagrario.

 

Pero el mundo de lo práctico tiene sus límites. Hasta aquí hemos «hecho» una adoración, sea en la forma que sea, pero todavía no se puede afirmar que uno «sea» adorador. Hacer y ser son cosas distintas.

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Para ser adorador uno no puede desvincular la adoración de la eucaristía. La una sin la otra no tienen sentido. Por tanto, una cuestión previa necesaria es celebrar la misa del domingo con un mínimo de sentido. Siempre digo que la eucaristía es lo primero que se enseña y lo último que se aprende. La adoración ayudará en este camino de aprendizaje.

 

Gracias a este contexto, adorador eucarístico es cuando uno puede cambiar su ser, poco a poco. En las constituciones de los Sagrados Corazones se afirma que «hacemos nuestras las actitudes, opciones y tareas que llevaron a Jesús al extremo de tener su corazón traspasado en la cruz».

 

Un sitio privilegiado y querido para hacer nuestras esas actitudes, opciones y tareas de Jesús es en la adoración (y en la eucaristía), puesto que lo hacemos directamente con el Maestro, sin intermediarios. La adoradora o el adorador y el Señor. Nadie más. Nadie menos. De Corazón a corazón se va contagiando la forma de ser de Jesús. Poco a poco, se va uno dejando esculpir por la «brisa suave» (1 Re 19, 12) del pan de la eucaristía, partido por y para todos.

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Cuando este cambio se produce, se puede decir que uno «es» adorador de verdad. Adorador, porque su referencia es Jesús y, en él, también su Padre. Y «es» porque el adorador se ha convertido en una persona nueva, con una mirada del mundo transformada y con una vida comprometida con los preferidos de Jesús: los más pequeños, los más pobres, los que más sufren.

 

Por último, no conviene olvidar que esta transformación nunca termina de ser plena. Por eso, el verdadero adorador nunca deja de tener momentos concretos para encontrarse cara a cara con quien le amó primero.

 

 

 

 

¿En qué momentos te has encontrado con Jesús de Corazón a corazón? ¿Cómo te ha cambiado este encuentro? Si en tu respuesta no aparece la adoración, te invito a que lo intentes varias veces, hasta que oigas la «brisa suave».

 

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