Cuando visité a los enfermos de SIDA, por Aurelio Cayón SSCC

Hace dieciocho años y algunos meses vine destinado a Salamanca y viví siete años en la comunidad que entonces teníamos los religiosos de los Sagrados Corazones en el pueblo de Barbadillo. El curso anterior, después de once años en otros lugares, volví a Salamanca, esta vez a la comunidad situada en la urbanización de El Encinar. Durante la etapa anterior y también ahora he colaborado, desarrollando distintas tareas, en la casa que Cáritas Diocesana tiene destinada para la acogida a enfermos de SIDA y afectados por VIH. Me piden ahora que cuente un poco mi experiencia.

Cuando llegué a Salamanca en 1998, la casa de acogida llevaba cuatro años funcionando. Habían sido años duros, pues además del estigma social que pesaba sobre los afectados por VIH, el SIDA era una enfermedad mortal y los afectados por ella llegaban a la casa en estado terminal, muriendo la mayoría al poco tiempo. En aquel momento las cosas estaban cambiando, los medicamentos antirretrovirales para combatir la enfermedad estaban evolucionando positivamente, en muchos casos el SIDA pasaba de ser una enfermedad terminal a una enfermedad crónica, y los enfermos podían pensar en normalizar su vida y en mejorar sus condiciones. Este cambio lo fuimos viviendo con esperanza tanto los residentes en la casa como los educadores, voluntarios y religiosos que los acompañábamos.

Llegué a la casa del SIDA formando parte de un proyecto comunitario. Los religiosos de los Sagrados Corazones habíamos decidido implicarnos ahí, inspirados por Damián de Molokai que dedicó los últimos años de su vida al servicio de los leprosos viviendo con ellos. Había un cierto paralelismo entre los afectados por la lepra en el siglo XIX y los enfermos de SIDA en los años noventa del siglo XX: en ambos casos se trataba de una enfermedad muy grave, casi siempre mortal, y en ambos casos los que la padecían sufrían también un fuerte rechazo social. Hoy ya no es una enfermedad necesariamente mortal, pero el rechazo social sigue en buena medida.

Entrar en la casa de acogida ha supuesto para mí mucho más de lo que yo haya podido aportar ahí. Llegué con la idea de cuidar enfermos y encontré personas con quienes compartir un camino en el que luchan cada día por salir adelante, a pesar de que la vida ha sido muy dura con ellas. Llegué con la idea de ayudar a otros y me encontré con Jesús. Creo de verdad que sus palabras “estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36) son motivo de acción de gracias cada vez que entro en la casa de acogida. Aunque pienso que no soy yo quien le visita, sino él a mi.

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