Cuando visité a los drogadictos, por Nacho Moreno ss.cc.

Tengo que remontarme a los años 90 del siglo pasado, dicho así parece más tiempo, para contar esta pequeña historia. Eran años duros en el mundo de las drogas, con efectos muy visibles, gente tirada en la calle, robos, poblados de venta donde los yonquis caminaban como espectros para ir a comprar una papelina. Socialmente muy alarmante y daba bastante miedo.

En mi caso hacía pocos años que había empezado mi vida en la Congregación SSCC. En esa decisión había pesado mucho mi deseo de cambiar el mundo. A día de hoy pienso que no he cambiado casi nada pero lo he intentado. También pienso, como entonces, que es la voz del Señor la que, si la escuchamos, nos va llevando por donde no imaginábamos.

Yo vivía en Madrid y estudiaba teología y se cruzó la posibilidad de trabajar en un grupo de la coordinadora de barrios, allá entre Moratalaz y Vallecas. Encontré gente ya marcada por la dureza de la calle y del SIDA, entonces morían en poco tiempo. Empecé también a visitar la cárcel de Carabanchel. Luego me enviaron al Proyecto Hombre de Vitoria, todo más organizado pero con personas que sufrían lo mismo. Después estuve en la casa para enfermos de SIDA de Caritas Salamanca y en la cárcel de Topas. Hoy estoy en otro mundo, también lleno de personas que sufren otras cosas.

La vida de los yonquis valía poco. Bastantes creyentes fueron a conocer a estas personas y a caminar con ellos. De los yonquis que conocí no queda casi ninguno vivo, pero recuerdo muchos nombres. Seguramente no fue un trabajo productivo en sentido de mucha eficacia pero estábamos ahí, junto a ellos. Al estilo de Jesús, preguntando simplemente ¿qué quieres que haga por ti?

Todo ha cambiado, el consumo de drogas es más limpio y la sociedad se lo traga mejor. El SIDA se ha cronificado y no es visible. Lo peor sigue en las cárceles pero ahí casi nadie sabe qué pasa. Todo es más silencioso, pero recordemos que Dios habla en el susurro, en la brisa, como a Elías en el Horeb.

Lo que me enseñaron estas personas es que la misericordia merece la pena porque devuelve una dignidad arrebatada por el abandono y la soledad. Si alguien te quiere, te cuida, te echa una mano o te acaricia basta un instante para que la vida haya merecido la pena. Eso escribió alguien que tardó mucho en reconciliarse con la vida y con él mismo. Sin nadie al lado no queda más que desprecio y pena. Un compañero que ya tampoco está lo resumía diciendo que su corazón se iba tras cada yonqui que pasaba por la calle. Y eso es lo más profundo que he conocido del Evangelio.

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