Cuando murió José, por Poldo Antolín ss.cc.

Su expediente empezaba en la playa de la Caleta (Cádiz), donde la policía lo encontró de noche y desnudo, tenía 3 años. Ese abandono, cuyo abismo  sigo sin poder calibrar, marcaría su vida. A partir de ahí fue pasando por diferentes centros hasta que, antes de lo que solía ser habitual, llegó  al Hogar Padre Damián con 9 años.

Era impulsivo, in-quieto (de los que no paran), su cuerpo solo músculo, todo lo quemaba, pura energía, mucha fuerza. Pero era aun más fuerte su deseo de ser querido, era muy cariñoso, se dejaba influir, sabía lo que era sentirse abandonado  y rechazado, no encajaba en los grupos de amigos y no paraba de intentarlo, tanto que los acababa cansando. Era generoso, bueno, de fondo noble… y difícil.

Tenía el amor de su abuela, una prostituta que no dejaba de visitarlo cuando podía, había acogido en su casa a un nieto suyo deficiente. Todo un corazón “de cinco estrellas”.

Si a los adolescentes no les basta el amor de la familia, menos a José Antonio.

Con 15 años, buscando integrarse en un grupo de “amigos” se escapó una noche del Hogar. Nos llamaron de madrugada los del 061. No podía ser, lo había dejado acostado, pero subí arriba y, efectivamente, su cama estaba vacía. En la furgoneta fuimos rápidamente al lugar que nos indicaron, nos lo encontramos en un patio tumbado en el suelo, ¿qué le pasa? Ha debido tomar algo. ¿Está muerto? Sí.

La noche siguiente los niños del Hogar en un impresionante silencio quisieron dormir juntos en la misma habitación, me pidieron que rezara por el que nos faltaba. Lo hice, pusimos su vida en las manos de Dios y pedí también por cada uno de ellos, para que tuvieran fuerza para coger en sus vidas por el buen camino.

Hoy, día de la Vida Consagrada, 14 años después, sigo emocionándome al recordarlo. Me impresiona reconocer cómo esos años en el Hogar siguen tan vivos en mí, cómo a lo largo del tiempo y en diversas circunstancias vuelven a mi memoria y a mi corazón reclamando una vida religiosa que entonces viví y me formó.

Me trae el deseo de vivir una consagración que me haga Suyo y de los suyos, no mío. Una castidad que me haga padre de los que no tienen familia y me lleve a dar amor a los que no comprenden del todo ese lenguaje, una pobreza que sea sentirse hermano de los pobres, una obediencia que entregue la vida totalmente a su servicio. En definitiva, una vida religiosa que, como Dios, recoja las lágrimas de los hombres.

“El mundo es una mies de lágrimas que nadie recoge ni enjuga. Los tesoros de Dios son inmensos archivos de lágrimas recogidas una a una”  (Ermes Ronchi. Las preguntas escuetas del Evangelio)

 

 

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