Cuando hice mi profesión religiosa, por Pablo Bernal ss.cc.

Si un 25 de agosto sevillano, allá por el año 2012, os hubierais asomado por la puerta de la iglesia de San Marcos, habríais visto a dos chicos y dos chicas a punto de convertirse en hermanos y hermanas de los SSCC… Os habríais fijado en nuestros familiares, nuestros amigos, en nuestros futuros hermanos y hermanas. Habríais oído  los cantos, las guitarras… y ¡sin duda habríais sudado de lo lindo!

Cuando ahora me “asomo” por esta puerta, me doy cuenta de que mi profesión religiosa duró un momento, apenas unas horas. El instante de la profesión, propiamente dicho, apenas llegó a un minuto: lo que se tarda en pronunciar estas palabras que me sé de memoria:

Yo, Pablo, en conformidad con las constituciones aprobadas por la Santa Sede apostólica, hago por tres años voto de castidad, pobreza y obediencia, como hermano de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, en cuyo servicio quiero vivir y morir.

Fue solo un instante. Pero, en mi vida, fue un instante decisivo. En ese momento –ahora lo sé– pasaron dos cosas:

  • Por un lado, que yo, Pablo, consciente, libre, ejercité una de las más altas capacidades del ser humano: la capacidad de comprometerme. En ese instante desembocó mi camino de buscar, pensar, sopesar, elegir, madurar… de romper con la inercia de nuestro mundo, y hallar mi forma de vivir esta vida. Y de ese instante brotó una manera de vivir: vivir mi vida, mi afectividad, el uso de los bienes materiales, de mi tiempo y mis capacidades, vivir mis decisiones, mi forma de amar… Brotó una manera de vivir que me hace ser auténtico, o mejor, dentro de la cual me esfuerzo por vivir con autenticidad y coherencia.
  • La segunda cosa que pasó es que Dios acogió mi compromiso. El momento de mi profesión fue el momento del guiño de Dios. Guiño que me decía que , que de esta forma la vida merece ser vivida, que podía fiarme de Él. En ese momento, mi salto en el vacío “por intuición”, después de tantas dudas e incertidumbres, se convertía en un salto en Sus manos. Y de esta forma, aquello que yo prometía con mi palabra pequeña y humana, era sostenido por su Palabra firme y fiel, para que no me faltara nada a mi compromiso… eso que llamamos “gracia”, regalo.

Y si ahora pudierais asomaros a otros momentos de estos últimos años, veríais que mi profesión religiosa no fue algo que ocurriera solo en un instante: la renové una tarde de julio de 2015, y de nuevo en 2018… y la sigo renovando cada día: cuando me pregunto, torpe, qué significan hoy la castidad y la pobreza y la obediencia en este mundo; o cuando busco la manera de servir, desde esas tres promesas, a mis hermanos y hermanas que sufren; o cuando, en fin, doy gracias a Dios porque me ha soñado en este camino que me hace ser persona de la mejor manera que para mí era posible.

Ojalá mi profesión religiosa sea algo que sigo haciendo cada día. No solo hasta el momento en que, si Dios quiere, realice mi profesión perpetua en un futuro, no; ojalá lo siga siendo cada día, hasta llegar a la verdadera profesión perpetua, que es haber vivido hasta el final toda una vida de servicio a los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

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