Cuando fui a la cárcel, por Curro Cruz ss.cc.

Antes de llegar a Jerez mantuve una conversación con Damiano sobre nuestra presencia aquí y sobre qué cosas podría hacer, especialmente en el ámbito de la marginación, pues el Gobierno Provincial nos pedía que profundizásemos en nuestro trabajo en este campo. Me contó que había dos personas de la Parroquia de San Pablo, Inma y Arantza, que estaban en la pastoral penitenciaria y que sería bueno colaborar en esta pastoral con ellas. Con intención de ir viendo si esto era posible y merecía la pena, Damiano y yo, con los permisos pertinentes, acudimos en septiembre de 2014 a las eucaristías que el Obispo presidía en los Centros penitenciarios Puerto II y III con motivo de la festividad de la Virgen de la Merced, patrona de Jerez y de Instituciones penitenciarias. Allí nos manifestaron los capellanes y sacerdotes que participan en la pastoral penitenciaria dos necesidades. Una, estaban buscando un sacerdote que presidiese la celebración de la eucaristía semanalmente en Puerto III, a lo cual nos comprometimos Damiano y yo. Otra, la necesidad de más voluntarios en Puerto I. A esta cárcel en ese momento solo acudían 3 personas de la pastoral penitenciaria. Le dije a Juan, el capellán, que contase conmigo. En este caso, la tarea era visitar a los internos, pues al estar prohibidas las reuniones de grupo y al ser incompatibles muchos reclusos entre ellos, no hay eucaristías . La impresión que han causado en mí ambas cárceles ha sido complementaria.

Transcurrió todo el curso 2014-15 con nuestra presencia en la eucaristía del Puerto III, cuyo coro dirigen Inma y Arantza, y visitas esporádicas a algunos presos en dicho centro. Yo pensé que el permiso de entrada en Puerto I, por lo lenta que se estaba haciendo su tramitación, habría acabado perdiéndose por los despachos de Madrid, cuando a comienzos del curso 2015-16, Juan me llamó para decirme que estaba concedido el permiso.

Solo entrar en la cárcel es toda una experiencia. En el Puerto III, además de la baliza de entrada, donde anotan tu DNI y matrícula del coche, y la primera entrada que no está controlada, hay que recorrer 10 puertas, rastrillos o puertas giratorias, en la primera de las cuales hay que dejar el DNI y te dejan una credencial, pasar las cosas por el escáner y uno mismo por el arco. Después has de cruzar otras dos puertas o rastrillos, según el módulo al que vayas. Ese recorrido te produce varias sensaciones. Comenzando por la sensación de arbitrariedad y dependencia del funcionario que te recibe en la primera garita, que puede ponerte toda clase de pegas y ante quien no tienes ninguna defensa si quiere ralentiza o impedir tu paso o prohibirte la entrada con cualquier objeto, aunque lo tengas autorizado por la institución. Sensaciones vinculadas a la pérdida del control de la propia autonomía y la sensación de inseguridad y angustia. Toda persona, interna o funcionaria, sin tener que llegar a ser enemiga, tampoco es amistosa. Para los internos cualquier persona se convierte en un potencial agresor. Las relaciones dentro de la cárcel son muy difíciles.

Supongo que es normal, aunque ingenuo, considerar que la cárcel solo te quita la libertad, pero es mucho más. Por esta falta de libertad, por la arbitrariedad y el ejercicio de la violencia por parte de la institución, por la desestructuración personal y familiar de los internos, por sus adicciones y enfermedades psiquiátricas, por las condiciones de las estancias, por el desarraigo familiar… se convierte en generadora de altos niveles de angustia y ansiedad, acentúa la fragilidad y desequilibrio psicológico y psiquiátrico y dificulta la reinserción. Esta angustia, ansiedad y desequilibrio provocan inadaptación y violencia en los internos, que a su vez desencadena una respuesta más contundente por parte de la institución y así se establece un círculo infernal y destructor del que hay internos que no consiguen salir, que les puede ir hundiendo en el sistema penitenciario y les va degradando personalmente.

El centro penitenciario Puerto I es de primer grado, de máxima seguridad, a la que van presos inadaptados de otras cárceles de segundo grado y presos que por la gravedad de su delito cumplen condena en cárceles de primer grado. Cuando entré por primera vez, acompañando a Juan, fui experimentando una sensación que en calidad e intensidad no había experimentado nunca y que no era capaz de nombrar, pero que estuvo apunto de hacerme gritar y pedir que me sacasen de allí. Supongo que fundamentalmente era angustia, ansiedad y miedo. Se fue apoderando de mí, fruto de la falta de espacio, de la humedad, de la decrepitud y ausencia de mobiliario en las instalaciones, de la sensación de indefensión y vulnerabilidad ante quienes me iba encontrando, de la dureza de sus historias… Hoy esa sensación no ha desaparecido, pero ha menguado. Cuando vuelvo a casa, después de haber estado en Puerto I, necesito un tiempo para volver a mi estado de ánimo normal. Y necesito contarle a mis hermanos las historias, sensaciones… del día para poder exorcizarlas un poco.

Mis conversaciones con los internos, ser testigo del deterioro de muchos de ellos, el trato con los funcionarios… me ha mostrado cómo el ser humano es capaz de normalizar el mal en el uso de la arbitrariedad, el abuso de autoridad y la violencia de diversa índole. Me sigue impresionando el escepticismo que transmiten muchos funcionarios, su mirada triste y desesperanzada, su lento caminar, como si el tiempo se viviese ahí de otra forma y se convirtiese en una losa. La vida no avanza, normalmente se deteriora, se convierte en cíclica, como la vida de una bestia atada a un molino, que, por más que se mueva, sigue en el mismo sitio.

La cárcel no reinserta, la cárcel doma y castra a base de dolor, ansiedad, frustración, deterioro… y eso es lo que muestra la mirada de los internos. En ningún momento quiero hacer un juicio de buenos y malos. No me querría ver en el corazón, la mente y el cuerpo de los funcionarios de prisiones y supongo que sentiría, razonaría y actuaría igual por el proceso de normalización propio de todo ser humano y por instinto de supervivencia. Y, por otra parte, me sobrecoge y me acompaña la humanidad de funcionarios que voy conociendo. Quienes están recluidos en ellas tienen una causa. Pero, ¿solo la causa es su responsabilidad personal? Y, ¿no será posible otro tipo de cárcel? En muchos casos, ponerte en libertad no libera, porque la causa que te llevó a ella puede seguir estando. La dificultad para reconocer la propia responsabilidad, necesaria en cualquier proceso de crecimiento y maduración personal, se ve dificultada cuando las condiciones de vida que vulnera los derechos mínimos del interno hacen que éste se perciba a sí mismo como una víctima y empieza a justificarse.

Me angustia pensar qué tienen que sentir los internos cuando yo he sentido lo que he sentido. Me angustia y me da vértigo intuir el proceso de degradación que sufren, aunque sean conscientes de él y no lo quieran. Qué horror tiene que ser descubrirte poseído por una situación que te sumerge en un estado de ansiedad, descontrol y deterioro que no puedes parar, a veces incrementado por la drogadicción.

Quizá nunca me haya sentido tan cerca del mal producido por el ser humano, ni haya visto tan cerca cómo el mal destruye al hombre, tanto al que lo hace, como al que lo padece.

Cabría preguntarse, ¿para qué emplear una mañana en Puerto I y una tarde en Puerto III? Aunque la cárcel me ha enganchado y no puedo dejar de ir, a veces uno se pregunta para qué. Y también puede uno preguntarse dónde está Dios en todo esto. La respuesta que encuentro hoy es que quienes vamos desde la pastoral transmitimos esperanza en que la dignidad humana que hay en toda persona ni los actos más horribles, ni las condiciones de vida y futuro más lamentables, ni el auto desprecio pueden destruirla. Respondemos al deseo y necesidad de bondad que hay en todo corazón humano, por muy malos y condenables que hayan sido los actos que le hayan llevado a esa situación. Muchos reclusos proyectan en nosotros esa necesidad de bondad y esperanza y entienden que la bondad no los considera tan malos como para olvidarse o renegar de ellos, pues pueden ser visitados por ella, por Dios, a través nuestra.

Entrar en la cárcel ha supuesto un ejercicio de humildad. Pues después de media vida implicándome en diversos voluntariados, pensando que ir a la cárcel no me afectaría demasiado y que yo podría controlar la situación, siento como es una experiencia que me sigue desbordando, que no controlo y que me enfrenta a historias y situaciones que no soy capaz de dominar con mi razón, ni de domar los sentimientos que me provoca. ¿Qué más hacer para acompañar a estas personas? Me llevó a la cárcel la pregunta, el deseo, la llamada a una mayor implicación en la marginación y el sufrimiento. ¿Ya hemos llegado al final de ese camino?, ¿ya hemos satisfecho y respondido ese deseo y esa llamada?

También me hace reflexionar y sobrecogerme aún más al pensar en la Pasión de Cristo. Si ellos me acercan a Cristo en su pasión, ¿Cristo me acerca a ellos en sus pasiones? Y me cuestiona. ¿Cómo ser Cirineo, María, Juan o, incluso José de Arimatea o Nicodemo? ¿Cómo ser María Magdalena o los discípulos de Emaús?

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