Cuando estuve en Filipinas, por Damiano Tonegutti ss.cc.

Fui a Filipinas en un momento en que era incapaz de rezar. Los estudios, nada excepcional. La pastoral, tampoco.Todo era gris. No me gustaba mi situación y echaba la culpa a otros.

Hago el viaje con una hermana encantadora, Inés. En el avión me cuenta con entusiasmo todo lo que se hace allí. Estamos en un suburbio de Manila, llamado BagongSilang, que en castellano es “nuevo nacimiento”. Llegados a tierra, de noche, me acoge una ciudad desconocida, con un tráfico enloquecido.

La mañana siguiente, mientras nos adentramos en coche por la periferias, veo chabolas sobre chabolas, gente semidesnuda, mal vestida. Veo la pobreza tan cerca como no la había visto antes.

Vengo acogido por la comunidad de hermanos que atiende a la parroquia: un irlandés, un indonesio y un filipino. En estrecha conexión con las hermanas voy integrándome en la pastoral.

La parroquia está llena de gente desde la mañana hasta la noche. Cada dos semanas, hay celebración de primeras comuniones, ochenta niños a la vez. ¿Cuántos años de catequesis? dos días y… ¡dando gracias a Dios! Cada viernes, por la tarde, hay unos cien jóvenes en el templo en adoración. Algo nunca visto.

El impacto en mí es fuerte, pero no inmediato.Me va trabajando poco a poco. Recibimos la noticia de que una banda juvenil ha matado a un chico discapacitado, hermano de una catequista de la parroquia. La policía no hace investigaciones. La prensa no cubre la noticia. Parece que a nadie le interesa estemuchacho. El día siguiente rompo a llorar desconsoladamente.

Hoy pienso en ese llanto. Hasta aquel momento tenía una idea ingenua de los pobres y, a la vez, de la vida. En Filipinas la realidad golpeófuerte a mi puerta. Las familias pobres ya no las contemplaba en televisión sino cara a cara. No desaparecían, seguían allí un día tras otro. Conocía sus nombres y ellos el mío. Lo gris, las incoherencias y huidas de toda una vida, como atraídas por aquel contexto, por contraste,reclamaban salir a la luz.

El Evangelio me planteaba elegir una vía entre dos: cerrar el corazón o abrirlo para dejar entrar en él la realidad, y Dios con ella. No lloré por el amor haciael muchacho o los pobres. Lloraba porque se derribaban todas las barreras que me había construido para “sobrevivir” hasta entonces, caían muchas auto justificaciones, muchos miedos y muchas resistencias. En aquel momento, me dio igual que me vieran así. Sentía que mi debilidad la acogía con ternura mi Dios y mi Salvador. A partir de entonces caminé por nuevas sendas. Me dejé acompañar y aprendí a orar. Quizás mi corazón se volvió menos duro. Parece que aquello fue para mí un BagongSilang, un nuevo nacimiento.

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