Cuando estuve de Erasmus, por Paco Egea SSCC

¿Hoy en día qué universitario no se ha ido de Erasmus? Cada vez es más habitual y hay gente que incluso repite o encadena con sus múltiples variantes como la Atlanticus o la Mexicalia. Las motivaciones oficiales son muy interesantes: aprender el idioma, desarrollar la autonomía personal, ampliar horizontes culturales… Las motivaciones extraoficiales, que son las que dibujan la imagen habitual del “Erasmus”, pueden ser incluso más atractivas: independencia, viajes, fiesta, ligues…

Hace quince años me fui de Erasmus. Entonces no era tan habitual. De hecho, nadie de mi entorno se había ido a estudiar al extranjero. Mis motivaciones oficiales eran muy pragmáticas: estudiaba filología francesa, así que lo normal era no dejar pasar ese tren. Pero reconozco que entre el equipaje se escondían otras motivaciones en pequeñas dosis: comenzar una aventura y vivir algo diferente para, quizás, descubrir mejor quién era realmente y lo que quería en la vida.

Ese era mi planteamiento, pero afortunadamente hubo un cambio de última hora. El acompañamiento personal, aunque no era un espacio en el que me sintiese muy cómodo, hizo que aterrizara con una pregunta nueva: “¿qué quiere Dios de mi?”. ¡Encontrar la respuesta a este interrogante sí que era una aventura! Pero entonces no lo sabía…

El inicio del Erasmus a menudo no es fácil. No conoces a nadie, cuesta adaptarse al sitio… y eso hace que la soledad pese. Luego uno se acostumbra al lugar y a la gente… pero la soledad sigue siendo la fiel compañera en muchos momentos, aunque uno viva en una residencia con más de trescientos estudiantes (muchos de ellos también extranjeros y en una situación semejante). En mi opinión, lo que marca la diferencia entre un Erasmus y otro es la gestión de la soledad. Uno puede huir de esos momentos, o puede aprovecharlos para descubrir en el silencio lo que los ruidos del día a día impiden oír y, de esta manera, crecer por dentro.

En mi caso hice una apuesta por buscar en la fe la respuesta a las preguntas que me había traído de España. Así que la soledad y el silencio pasaron de ser una amenaza a convertirse en dos buenos amigos que me llevaron de la mano hasta un encuentro más personal con Dios. Allí, lejos de mi querida parroquia y de la gente con la que compartía la fe, aprendí a rezar de verdad y a intuir las respuestas que buscaba.

En resumen: sí, hubo diversión, amistades que todavía conservo y más… Pero lo que hizo que aquel año fuese una aventura no tiene nada que ver con lo que se supone que tenía que haber sido el Erasmus, sino con lo que Dios tenía deparado para mí. Por eso, cuando alguien me dice que está pensando irse un año de Erasmus a menudo le hago la pregunta que en su día me hicieron a mi: “¿Y si dedicas un año de tu vida a buscar lo que quiere Dios de ti?”

Paco Egea SS.CC.

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