Con sabor a Dios. Sentirse perdonado

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Con sabor a Dios. Sentirse perdonado

 

 

«Se adelantó Pedro y le dijo: «¿Señor, cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿hasta siete veces?. Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,21-22)

 

Una de mis primeras experiencias de fe y de Dios la viví cuando yo tenía 16 años. Fue en la Semana Santa de 1995, durante mi primera Pascua vivida fuera de casa y desde dentro. En la catequesis que teníamos como parte del proceso para recibir el Sacramento de la Confirmación, se nos invitó desde la Parroquia a ir a un pueblo de Palencia para celebrar allí la Pascua. Recuerdo perfectamente escuchar el disco Smash de The Offspring y ver la portada de Marca con la 8ª Copa de Europa de baloncesto del Real Madrid. Pero también recuerdo otras muchísimas cosas que me marcaron y que, con 16 años, creo que fueron una pieza importante en mi actual identidad como cristiano.

 

 

 

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Durante la semana que allí vivimos, participamos en todas las actividades propias de la Semana Santa con la gente del pueblo, incluso haciendo un Vía Crucis por las calles y con la participación de la gente desde sus casas, adornando los balcones donde se realizaba cada estación…

 

Sin embargo, la celebración que más me llegó y que más me emocionó fue la celebración del perdón que realizamos nuestro grupo de catequesis. Siempre es una ceremonia muy especial porque recibes el perdón de Dios, porque es un renacer en ti mismo, es un momento de relajación, de liberación, de poder hablar con toda libertad con Dios… En aquel momento, lo que más miedo me daba era la confesión individual, el momento en el que te ponías al lado del sacerdote y le confesabas tus pecados. ¿Qué le digo? ¿Por dónde empiezo? ¿Esto será importante para confesarlo o será una tontería? A pesar de todos mis miedos, en el momento en el que empiezas a hablar, esa sensación de inseguridad se transforma en confianza, en confianza en Dios. Estás hablando con un amigo, un amigo con mayúsculas, que siempre te va a perdonar.

 

Ahora, como catequista, cada vez que les planteo a los chavales que vayan a alguna convivencia de la Congregación y les hablo sobre lo especial que es este momento, creo que no soy capaz de transmitir lo que realmente se siente y lo que van a vivir. Cuando les cuento la emoción que se siente, la plenitud interior que se experimenta, la sensación de notar a Dios dentro de ti comprendiéndote, poniéndose en tu lugar, perdonándote…, creo que los que no lo han vivido no llegan a comprenderlo del todo. Incluso creo que piensan que todo es mentira y que solo es una manera de intentar convencerles para que vayan a las convivencias. Nada más lejos de la realidad.

 

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Y realmente es así, como yo se lo intento transmitir, porque luego ellos lo viven con una intensidad espectacular, como las ocho chicas de mi Parroquia que fueron a las convivencias de invierno a El Escorial (gracias, Aída, Ana, Laura, Lidia, Marta, María, Patricia y Pilar). Sin embargo, creo que es una pena que el resto de chavales que se quedan en casa por comodidad, por indecisión, por pereza…, se pierdan una experiencia tan especial y tan plena como es recibir el perdón de Dios.

 

Por todo eso, y si algún joven llega a leer esto (espero que sí), animaros con todas mis fuerzas y todas mis ganas a que viváis esta experiencia una sola vez en vuestra vida. Porque si la vivís una sola vez en vuestra vida, vais a querer repetirla muchas veces más.

 

Felipe (Torrelavega)

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