Con arte religioso: La cruz en la montaña

Es una obra pictórica del gran pintor romántico alemán Caspar David Friedrich, nacido en 1774 y muerto en 1840. Se encuentra en la Gemaldegalerie de Dresde. El autor pertenece a una joven generación romántica alemana que inicia una auténtica revolución cultural contra el clasicismo anterior, con una sensibilidad nueva, que piensa  que la obra de arte debe ser total, fundiendo poesía, música, pintura y religión; de esta manera la obra de arte es el vínculo con el universo, es la mediadora entre el hombre y la naturaleza, animada por Dios: en el arte se completa la relación entre el mundo exterior e interior.

Cuando llega a Dresde en 1802 sus dibujos ya son apreciados por aficionados y coleccionistas, y ello le permite entrar en contacto con los círculos intelectuales de la ciudad, cuyas ideas se inspiran en la filosofía de la naturaleza, que tiene como postulado fundamental el considerar los fenómenos naturales como una manifestación de lo Absoluto, de lo divino. Friedrich, en este ambiente, tiene la mejor ocasión de profundizar en sus ideas místico-religiosas, que coinciden con esta filosofía. Por eso sus paisajes, como este que comento, se van a llenar de un trascendental significado religioso, queriendo descubrir en ellos el misterio del alma del mundo (lo mismo que intenta hacer su gran coetáneo Schubert con la música en sus famosos lieder).

Me parece necesaria toda esta explicación para poder entender sus pinturas, sus bellísimos paisajes, y, concretamente, esta obra que comento—“ La cruz en la montaña “—, pintada en 1807-1808, realizada como un retablo para la capilla de los condes Von Thun-Hohenstein en el castillo de Testchen, pero que terminó adornando la habitación matrimonial del pintor (circunstancia que creo muy significativa al respecto de lo que estoy tratando).

En este admirable paisaje contemplamos esa ”sublime” puesta de sol hacia la que está vuelto Jesucristo crucificado representando la imagen del Padre Eterno que da vida a todas las cosas, mientras la cruz, erguida sólidamente sobre las rocas, puede simbolizar la fuerza de la fe del hombre, y los abetos que rodean el crucifijo son un símbolo de la esperanza que el hombre pone en Cristo. Estamos presenciando, por obra y mano del pintor, cómo el mundo y la divinidad se integran, se fusionan. He dicho, fijaos bien, la palabra “sublime”, concepto que en la filosofía de la época es el placer que deriva de la turbación del hombre frente a la fuerza amenazante de la naturaleza.

Estoy muy de acuerdo con esta filosofía, con este pensamiento y me gustaría que los jóvenes y la gente de hoy —tan insensible al mundo que les rodea— aceptase como suyas estas premisas. Hace falta sensibilidad, mucha sensibilidad, y lo digo deleitándome en la palabra: sen-si-bi –li-dad.

La cruzPienso que la falta de esta gran virtud conduce al estado de caos y desorientación que hay en nuestro mundo. Miremos a la naturaleza y veamos en ella la obra buena hecha por Dios; sintamos los latidos de la divinidad que suenan dentro de ella para traer la paz y el amor que tanto necesitamos.

Me viene a la mente una última reflexión. Este cuadro me recuerda a ese crucifijo de S. Juan de la Cruz, que podría ser este de Friedrich, diciéndonos: “a la tarde —como en este hermoso crepúsculo—te examinarán en el amor”, sí, del amor a la naturaleza y del amor a Dios reflejado en todas sus criaturas.

Félix Marcos. Colegio Sagrados Corazones – Martín de los Heros (Madrid)

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