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Pastoral Juvenil Vocacional

Congregación de los Sagrados Corazones

Blog

03/05/2013

El Hijo pródigo en la vida de un creyente

 

 

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Paco Bernal nos ofrece su testimonio de fe: cómo la parábola del Hijo pródigo ha iluminado su camino de seguimiento a Cristo. Entra en recursos y descubre "La Palabra de Dios en mi vida".

 

 

 

 

 

El Hijo Pródigo (o el padre más bueno que una tostada untada con zurrapa de lomo, pero que encima ni engorda ni ná de ná)

 

 

Soy un pecador. Los que me conozcáis bien y desde hace tiempo dirán que un “experimentado pecador”; no me enorgullece, pero lo asumo a diario como parte imprescindible del  método elegido por Dios para atraerme, seducirme y hacerme dichoso. No es de extrañar que me impacte el texto del Hijo Pródigo, una parábola que ha sido y sigue siendo parte de mi camino de fe. Me reconozco en el hijo pequeño, ávido de vida, teniendo la Vida tan cerca;  deseoso de luz, compartiendo techo con el mismo Sol. Me he ido varias veces de casa de mi Padre, me voy aun…Compartiré con vosotros una de esas partidas.

 

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En mi juventud, tras años de catequista, probar suerte en el seminario y ser fiel inquilino en casa del Padre, mi madre se pone enferma. Bueno, aun a mis pocos años, ya entendía la enfermedad como parte de la vida y sabía de primera mano que la muerte es el último ingrediente de la tarta de la existencia aquí; como no saberlo si mi padre murió a mis 16 años. Sin embargo, fui descubriendo que no estaba preparado para el sufrimiento de un ser querido, de aquella que te enseñó a caminar y a levantarte de tus primeras caídas, de la dueña de los besos que curan. Meses de dolor, de parches de morfina, de rebeldía propia, de peleas con Dios, de no encontrarle y de finalmente expulsarle de mi vida. El Dios, que tanto dice amarme, permite tanto sufrimiento inútil….

 

 

 

Pasé años lejos de la casa de mi Padre, me fui dando un portazo y robando la herencia e incluso aquello que ni era mío; Dios te regala para que compartas, y yo lo malgastaba… De vez en cuando, me llegaban cartas de mi Dios: las miradas de mi mujer, la alegría y salud de mis hijos, el calor de los buenos amigos…pero fueron cartas que nunca quise abrir por completo.

 

Pasaron los tiempos, los buenos y los malos, y llegó el momento de que mi hijo mayor hiciera su Primera comunión. Aun no sé muy bien cómo, pero sé que por invitación de mi esposa (testigo de mis idas y venidas), un cura de la cercana parroquia de El Buen Pastor, aparece en mi vida; con él viene a mi memoria, el recuerdo del Padre bueno. Por aquel entonces mi vida era un caos; no hacía precisamente feliz a los que rodeaban. A tal extremo que mi hija pequeña me reconocía en el enanito gruñón, cada vez que veía la película Blancanieves. Que gracioso, pero que cruel.

 

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Sin merecer nada, o menos, este sacerdote, Pedro, me invita a ir colaborando en “cosillas” de la parroquia. Finalmente, cuando percibe mi hastío de comer tantas algarrobas y observa en mi mirada la añoranza de la casa paterna, me propone irme a la Sierra de Cádiz con 40 niños de la barriada: un campamento de Caritas, Juego de Niños entra en mi vida y destroza mis esquemas. No lo dudé: es difícil no confiar en alguien que huele tanto a ti mismo como Pedro. En el campamento, con mis 40 añazos y rodeado de monitores a los que doblaba la edad, Dios se me mostró como el Padre que siempre te espera, de pie en el balcón, vigilante ante mi posible vuelta. Al tercer día, tras una conversación larga, llena de confianza y ternura, Pedro me confesó. No puedo mentir, pasé miedo mientras repasaba cada piedra de mi camino, cada herida infringida… Esperaba que tras darme la absolución, Pedro fuera a por las llaves de la furgoneta y me llevara de vuelta a San Fernando; sería normal que no confiara en mí. Lo que recibí fue un abrazo, la cercanía del Padre en el regreso (soy de los que defienden que los curas debería dar un curso de abrazología y apretujamiento). Aun resuenan en mis oídos la fiesta, aun huelo el asado de cabrito cebado, todavía llevo las pulseras con los colores de los campamentos a modo de anillo de hijo, y tus sandalias forman parte ya de mi camino.

 

No hice mérito alguno, quizás el perderme y echarle de menos….así es  Dios de bueno.

 

Esa noche, en la cabaña, con los niños durmiendo, el Padre iluminó los rincones de mi corazón: allí donde habitan la muerte de mis padres, el sufrimiento de mi madre; si tanto le pedí; tanto hasta agotar la súplica, que aliviase tanto dolor; ahora me contemplaba como respuesta a mis peticiones. “Serás tú, en mi nombre, en nombre del Amor, quien alivies el sufrimiento de tu madre”. Ser yo mismo la respuesta activa de todo un Dios. Entender que Dios sufría junto a ella, que nunca la dejó sola…

 

Del campamento hace 5 años. Hoy aun me voy, de vez en cuando, de casa del Padre; es cierto que no tan lejos como antes, pero poquito a poco, voy grabando en mi corazón que ser Hijo es vivir volviendo a casa, con la alegría de saber que Dios me quiere sin matices. Un amor sin adjetivos, ni adverbios; un Amor con un enorme y entrañable Sujeto y un pequeño e imperfecto complemento directo.

 

                                                                                              Paco Bernal (San Fernando)